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PROMESA A caballo

De a caballo

Un hombre vino montando al centro de la ciudad con un extraño designio que se revelará justo antes del final de esta nota


Cuando cumplió su plan apareció en los diarios, pero no salió completa la noticia, solamente decía que un gaucho había venido al centro, de a caballo, un domingo, cuando los municipales no trabajan y no hubo quién lo ataje. Cuando llegó por primera vez, para probar nomás, tomó por el Camino de la Costa y entró al centro por la Francisco Viano, luego la Buenos Aires y llegó a la San Martín, pasando un poco la Moreno, ahí vivía.
A muchos les llamó la atención, pero hubo otros que no se inmutaron, acostumbrados como estaban, en ese tiempo, a los carritos tirados por matungos. Todo había comenzado un poco antes, cuando el hombre dijo que tenía una promesa que cumplir y los amigos le avisaron que estaba loco, que era una tontería. “Por qué no gastas la plata en otra cosa o se la das a un pobre”, le aconsejó un amigo. Pero, era de esos que cuando se le pone algo en la cabeza no hay Dios que lo haga desistir, así que los muchachos se resignaron a otro espectáculo, de los varios que había sido protagonista en los últimos tiempos y de los que otro día se hablará.
Primero fue a Árraga, aquí cerquita, a comprar un caballo. Le quisieron vender un potro chúcaro y, obviamente no le servía, quería uno manso, para andar. Otro que le ofrecieron era muy nervioso, y no lo aceptó. Terminó comprando un mancarrón tranquilo, cansino, de unos 10 años, pero en buen estado. Un amigo le prestó un apero, riendas, cabestro y hasta maneas, y lazos por las dudas.
Nunca había montado, así que el dueño anterior, un paisano del lugar, no solamente le ensilló el flete sino le enseñe los rudimentos básicos para montar y hacer que camine el animal. De ahí lo trajo al fondo de la casa de un amigo, en el barrio 8 de Abril. Iba a darle agua dos veces al día y lo tenía a maíz y alfalfa, tuvo que pagarle a un chango para que fuera a retirar la bosta, porque los vecinos se quejaban del olor y las moscas.
Nada lo hizo recular. Organizó lo que llamó una función para el domingo siguiente. Sacó una mesa a la puerta de su casa más una cocina a gas de garrafa, dispuso la carne, el huevo, el pan rallado, un sartén y el aceite. Entonces se fue a buscar el caballo, tardó un poco porque el bicho al principio medio que se quiso empacar, pero con dos o tres buenos azotes caminó luego sin problemas. Llegó a la casa, sin apearse, desde lo alto empampó la carne en el huevo, empanó la preparación, prendió el fuego, puso el sartén con aceite y cuando estuvo bien caliente, le agregó la milanesa. Viera cómo aplaudían los vecinos de la calle San Martín.
Un curioso que llegó a último momento preguntó qué era todo aquello, un caballo en una vereda del centro, a pocas cuadras de la plaza Libertad, una pequeña multitud observando. Un vecino le respondió en un susurro: “Está haciendo la primera milanesa a caballo de la historia de la Argentina y quizás del mundo”. Después todos se lamentaban de no haber llamado a los encargados de los Récords Guinnes, pero la hazaña igual quedó para la posteridad.
En el barrio se acuerdan todavía.
©Juan Manuel Aragón
A 30 de noviembre del 2023, en El Simbol. Mirando pasar los autos

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