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El móvil como adicción global |
Las profecías de una Parusía anunciada, podrían cumplirse en cualquier momento
George Walker Bush fue un presidente relevante de los Estados Unidos, como todos los ocupantes de la Casa Blanca. En el despacho Oval, donde laburan los que llegan a ese puesto, le guste o no le guste, don, doña, se toman decisiones que repercuten en todo el redondo mundo. Un hombre poderoso, digamos, capaz que el más poderoso también.Durante uno de sus mandatos generó una noticia pequeñita, que quizás pasó desapercibida, la tomaron las agencias de casi todo el mundo y la reprodujeron pocos diarios. En medio de una conferencia de prensa, pidió a los periodistas que apagaran sus celulares, porque sonaban a cada rato y lo distraían. Imagine que usté va a entrevistar al hombre con más poder en el mundo o, pongamos, al que más admira, y que, en medio de la conversación, le diga: “Aguante un cachito, mi mujer me está reenviando un meme que le han mandado las amigas”.Si el presidente de la nación más grande de la Tierra, debía recordar a los periodistas con quién hablaban, algo estaba funcionando mal en la mente de los periodistas de aquel tiempo, quizás tenían todas las malas costumbres que ha generado el aparato en poquísimo tiempo, en casi toda la humanidad.
En los últimos 20 años, el telefonito invadió el mundo de una manera tan masiva, tan penetrante, tan brutal, en el sentido más violento de la palabra, que ya es imposible soslayar que, cuando se habla con otra persona, estará tan atenta a lo que converse con uno como a lo que suceda en el aparato. Si es que no le presta más atención al móvil. La vida, para muchos, es lo que pasa en ese cuadradito luminoso de pocos centímetros cuadrados.
En las esquinas con semáforos, muchas veces los autos de atrás deben tocar bocina luego de larguísimos segundos en que el primero no arranca, porque su dueño está mirando el teléfono. Alguien llega a una tienda y debe aguardar que el dependiente aparte los ojos del aparato, con algo de fastidio, porque un cliente lo ha venido a interrumpir de algo divertidísimo que estaba viendo. Está con un amigo conversando de lo más bien, de repente el otro pela el celular, marca un número y se pone a hablar con alguien, ignorándolo de manera olímpica; si usted se retira, se va, el amigo lo mirará asombrado porque no es lo que se espera que haga nadie cuando otro saca el sagrado aparato para llamar a un tercero.
Eso que, mal que mal, no hay nadie que tenga más de veinte años, y haya sido criado con el celular en la mano, la mayoría de la humanidad conoció primero los modelitos antiguos y después recién llegaron los de pantalla táctil. Imagine cuando lleguen a adultos los chicos que tienen un aparato cada uno desde que empezaron la escuela primaria: tipos yendo del trabajo a la casa, en colectivos atestados de gente, mirando la pantalla, en la que los adoctrinarán con las religiones del hedonismo, el disfrute y la sensualidad sin fronteras, como insinúan y lo dicen de frente, desde ahora.
Quizás el George Bush de ese entonces sea un muñeco teledirigido con ínfulas de presentador de televisión, engatusando a millones de bobos en todo el mundo para que compren el último modelo de telefonito, que asegurará un mundo irreal sin salir de la casa, playas paradisíacas al alcance de un clic, para la dama y el caballero, el living o el dormitorio. Es más ecológico visitar Cancún desde el propio hogar, sin dejar papelitos tirados, sin generar basura, sin molestar, en un ideal onanista, cobarde y barato, como que costará solamente treinta bitcoins, ¿qué espera?, ¡llame ya!
Si todo lo que se escribe en internet queda en la nube, como dicen, solamente espero que este escrito aguante unos 20 o 30 años dando vueltas por ahí. Si no se cumplió nada y vivimos en un mundo mejor, mi alma, que estará en el Cielo o en el Averno, quizás se alegre, pero si se consumó la profecía de un orbe espantoso, gracias al maldito aparato, denme el crédito de haberlo advertido, aunque fuera en estas pobres crónicas provincianas, ideadas un invierno cualquiera, antes de acostarme a releer las Crónicas marcianas de Ray Bradbury, a ver si me da sueño y me duermo.
Abajo hay lugar para que cada uno haga su profecía. Pero recuerde siempre que la Parusía llegará un día u otro, porque Dios lo quiere así, no por ese macaneo desalmado del cambio climático, el efecto invernadero, la disminución de la capa de ozono o cualquiera de los otros inventos de los troleros de las Naciones Unidas que bien conocemos, ideados para darse dique de qué, esos maulas. (En Santiago del Estero hubo uno que lo acusaron de “trolero” y se enojó por demasmente, murió sin saber qué significaba, pero es otra historia que algún día contaré, cuando esté inspirado).
©Juan Manuel Aragón
Toda la razón yo pienso igual
ResponderEliminarEn bsas en determinados lugares hay una canasta donde cuando llegamos se pone cel apagado..eso es un avance
Arq lopez ramos
Es tan real y tan confuso lo que genera el aparatito ,la comunicación integral se pierde .Va y vuelve información en contextos que desconocemos y por ahí el otro aparece como enojado por lo lacónico y es que entró su jefe en la oficina.Hay que recuperar,lo que se pueda,la comunicación personal...hermosa nota
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