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MUJERES Entre el valle y el cerro

Imagen de archivo

Lo que le sucede a un amigo que está en una encrucijada, sin saber qué hacer: pide consejo pero finalmente hará lo que quiera


¿Cómo es la cosa?, ¿los hombres quieren la seguridad de una mujer que los ame desde el primer día o se juegan por meterse en el barro de una relación que es casi seguro que no tiene un destino, en la que todo puede salir mal en cualquier momento? Entre estas preguntas se debate un amigo, a quien no se nombrará para no causarle un bochorno innecesario.
Bien visto, es un asunto menor, que no tendría mayor importancia si no fuera porque finalmente quedó en una situación que, al menos es incómoda. La cosa comenzó cuando el compadre lo invitó a su casa un fin de semana de hace dos o tres meses, para tomar algo. Nada del otro mundo, otro sábado entre gente querida, compartiendo el vino de la amistad rodeado de gente conocida, de confianza. Al llegar nota algo raro, la mesa no es la de siempre, han puesto copas y platos elegantes, los chicos están dormidos y hay un aire distinto. Se pregunta si no se olvidó del cumpleaños de su comadre, de algún aniversario o algo, pero no.
Le presentan una mujer, hasta ese momento una desconocida, después recordará que su primera impresión fue que era muy bella. Lo sientan a su lado y, como está en confianza, con amigos de toda la vida, conversa tranquilamente, habla de sus cosas, le piden que le cuente a la desconocida, a quien esta crónica llamará Equis, algunas anécdotas mil veces repetidas, para festejar entre todos, porque sabe reírse de sí mismo. Normal, ¿no? Al menos eso le parece.
Pasa una semana, y el martes, nueve días después de haber ido a cenar con su compadre, suena su teléfono, es su comadre. Lo habla para preguntarle qué pasó. Qué pasó con qué, responde él. Con Equis, dice ella. Él ya no la recordaba y, temeroso de alguna acusación de la modernidad; misoginia o esas cosas del género, lo políticamente correcto, el acoso, responde seco: Nada. Te cuento, le dice la comadre, ella quedó encantada con vos, creyó que había onda y que la ibas a invitar a salir este sábado. No quedé en nada, responde el hombre, algo aturdido.
Comprende que siempre fue detrás de todas las mujeres que obtuvo en su vida, ¿y ahora le estaban regalando una hermosura?, ¿qué había sucedido?, no lo sabe. Entonces se le ocurre preguntar: ¿Te ha dicho algo? No, solamente eso, que le extrañaba que, después de semejante despliegue de simpatía mutua, no la invitaras a tomar algo.
El otro fin de semana no tiene nada que hacer y la habla. Pero de entrada no le gusta el asunto, ya sabe que es una cacería con el puma poniéndose por adelante para ser cazado, va sin ganas. ¿ha visto que cuando le pagan por adelantado un trabajo, después como que no tiene mucho entusiasmo por hacerlo? Por otro lado, sabe que no es pintudo, tampoco tiene plata, nunca compró un auto, es medio lerdo para darse cuenta de algunas cosas, tiene voz fea. En el pasado tuvo que esforzarse muchísimo para conquistar alguna que otra mujer, esto le resulta nuevo y poco ético.
Reconoce que la chica tiene buenas cualidades, le agrada físicamente, es simpática, pero no le gusta la partida, le da como una timidez. Esa noche se mantiene callado, a veces sin prestar atención a lo que conversan. Van a cenar, después toman un café por ahí. Y al final la acompaña a la casa. En la puerta ella habla mucho, él está incómodo, sabe que se acerca el momento, si la besa se empezarán a encadenar los hechos de manera ineludible. Pero si no ha transpirado la camiseta le parece un triunfo hasta injusto con su propia historia, con más de una docena y media de fracasos, si no son más, y dos o tres escasos campeonatos memorables. Cuando se está yendo, le quiere dar un beso en la mejilla, pero quizás accidentalmente sus labios se rozan de costado. En otra oportunidad, ese beso mal dado hubiera significado la oportunidad de pasar a la siguiente base esa misma noche. Pero pega media vuelta y se manda a mudar apurado.
Decide no salir más, no buscarla, no seguir con algo que al final del camino tiene un desastre seguro. Ese domingo a la tarde lo habla la comadre: qué le has hecho a Equis. Nada, responde. Porque está enloquecida con vos. Hace un rato se ha ido de casa, vino solamente a contarme que está muy entusiasmada. Dices que sos muy caballero, que sabes escuchar, que se nota que sabes tratar a las mujeres y otras alabanzas.
Durante la semana no la habla, y el fin de semana tampoco la invita a salir: va a un asado y deja el teléfono en su casa por las dudas. El lunes temprano lo habla Equis. Se muestra amistosa. Le dice que entiende por qué no quiere tomar nuevos vínculos, pero con ella todo puede ser distinto, le pide que no tenga miedo, que confíe, las mujeres no son todas como alguna que quizás tuvo en su pasado. Él le responde que muchas gracias por su comprensión, que quizás en otra vida podrían haber llegado a algo, pero que no se siente con ánimos de empezar algo nuevo. No cierra del todo la puerta. De todas maneras, cuelga el teléfono, pensando en que quizás haya perdido la oportunidad de su vida, tantas cosas extraviadas quedaron en el camino, que una más será solamente otra mancha.
Lo que son las cosas, esa misma noche conoce a una profesora de Literatura, a quien se llamará Y Griega, que le da vuelta la cabeza. Pero fríamente, también calcula que, si pasa algo, después no querrá bancarse su libertad, su alegría de vivir, el pelo suelto y las reuniones para hablar de literatura con sus amigos barbudos (que la desean con ganas), y que el interés que ella despierta en otros hombres, con el tiempo se le hará insoportable. Entonces le entra la duda, ¿Equis o Y Griega?
Hace un rato me ha contado su drama, está indeciso. Le aconsejo que se vaya con Y Griega, si la dejas le va a durar poco el dolor, le explico. Por un lado, el fácil valle en que todo fluye hacia un destino quizás de convivencia pacífica y años de felicidad. Por el otro, escarpados cerros, repletos de aventuras, tropiezos, eso sí, con momentos de remanso espectaculares, inolvidables, grandiosos.
Ahí está el hombre, esta tarde se debería decidir.
Capaz que después me hable para contarme.
Juan Manuel Aragón
©Ramírez de Velasco
A 17 de abril del 2024, cerca de una tala pishpita. Mirando pasar los autos

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