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La gorda tiraba los perros

Estación de Serodino

Este cuento tiene varios años, creo que se publicó en una revista y en un sitio mejicano que no existe más: supongo que le gustará a mis lectores, pero si no, háganlo saber abajo, en los comentarios


Entonces la Gorda sacó un sánguche de milanesa, me miró y me dijo si no quería. En ese tiempo yo era flaquito, nada que ver con lo que soy ahora y la vida era pura esperanza, no desilusión como después. Le dije que sí, por favor. Y sacó otro enorme sánguche, milanga frita, mucha mayonesa, pan francés crujiente, y me convidó. Lo miré durante un larguísimo instante y lo comí entero, antes de que la Gorda llegara a la mitad del suyo. Y me dormí. Debo haber roncado, siempre ronco, desde chico, según mis hermanos, que algunas noches se desesperaban sin dormir a causa de mis ronquidos. Y esa noche también. El jueves a la tarde me tomé el Estrella del Norte, que ya venía atrasado de Tucumán, en la estación de La Banda. Llegué el viernes a eso de la una de la tarde, calor de bochorno en Buenos Aires. De Retiro fui directamente a unas oficinas sucias del ministerio de Educación a hacer unos trámites para el pase de universidad. Era el tiempo en que creía que me daba la cabeza para estudiar ingeniería. Después supe que no me daba el cuero ni la paciencia para estudiar ingeniería ni nada. Pero es otra historia. La gorda había subido con mil bultos que acomodó prolijamente en cuatro metros a la redonda del vagón de clase turista, asientos de madera, ¡duros, oh! A la vuelta me aseguré de sentarme en la ventanilla. A la ida me había tocado con unos muchachos que decían que eran de Palmitas, en el departamento Jiménez. Estos campesinos siempre viajan con comida, llevaban gallina hervida para el viaje, huevos duros, tortilla casera y de postre hasta caramelos “Mediahora”. También les puse cara de desahuciado de la vida, no sé qué mentira les conté, a qué iba a Buenos Aires, a ver a una tía enferma que necesitaba que alguien la cuidara y como yo era el único que podía en la familia, me mandaban. No sabía cuándo regresaría de nuevo al pago y si conseguía un laburo de algo, me quedaría, anclado para siempre en Buenos Aires. Durante todo el camino les fui agregando detalles a los campesinos -un tío militar, una enfermedad terminal de mi abuelita, viajes a Formosa a cazar yacarés, jineteadas en Jesús María- que al final comenzaron a sospechar porque en algunos cuentos me estaba comenzando a contradecir. A la salida de La Banda, no habíamos llegado ni a Vilmer, que queda a diez kilómetros, cuando los changos comenzaron a sacar la gallina. Y después me dormí. Siempre me pasa, que el movimiento me duerme por completo, me sumerjo fácil en un sueño pesado, sin pausas. Mis hermanos solían envidiarme esa facilidad que tengo. Hasta en clases me dormía a veces. Y en qué iría soñando no le voy a decir, no me acuerdo. Me desperté sobresaltado. Habían apagado las luces del tren y el convoy estaba detenido en un pueblito, Serodino se llamaba. Supuse que estábamos ya en la provincia de Santa Fe. Una visión rara. Las luces blancas, iluminando la estación del lado de aquí. Más allá una plaza y una quietud inmensa. Dentro del tren, lo mismo. Todo el mundo dormía. Unos que conversaban, dos o tres asientos detrás del mío, soltaron palabras sueltas, como “esperan el cambio de vía”, “estamos por pasar a otra locomotora”, o algo así. Me dormí de nuevo. En el viaje de vuelta la Gorda no me dejaría descansar dos horas seguidas. Calculo que una fue para evitar mis ronquidos y otra, porque al ver cómo comía, se comenzó a enamorar de mí, o algo. Faltaba mucho para llegar a Buenos Aires, los muchachos sacaron un mate y se pusieron a tomar. Traían agua caliente del pago o le dieron al guarda para que la calentara, no sé, la cuestión es que eran mates de campo, con el agua hirviendo y dulces, como beso de novia primeriza. Yo les conté que cuando éramos chicos y veíamos pasar el tren por frente a mi casa, siempre decíamos cinco-pesos-poca-plata, cinco-pesos-poca-plata, imitando el traca-traca que hacía. Pero ellos no entendían el chiste, no se reían, me miraban como diciendo y qué. Eso era antes de llegar a Rosario, ahí la máquina cambia de dirección y sale por el otro lado y hay que dar vuelta los asientos. Entonces me encontré de frente con los bolivianos. Una pareja con dos chiquitos que se venían a hacer la América a Buenos Aires, imaginesé cómo andarían de pobres los bolitas por ese entonces. Y la Gorda que no dejaba de molestar. Esa tarde, después de hacer los trámites en una oficina que, gracias a Dios, quedaba cerca de Retiro, me fui a lo de mis parientes. La sorpresa cuando les toqué el portero eléctrico y era yo, sí, Juancito, que venía de Santiago, de tan lejos. Estaba la tía Cuca con Ramírez. Y me agasajaron de lo lindo. Pero yo estaba en Buenos Aires y no iba a dejar que mis parientes me agasajaran tanto, porque no tendría tiempo de pasear, de estar en una ciudad tan linda. Tan provinciana, dijo esa noche Marta Inés, mi prima, cuando salimos a dar una vuelta con un novio que tenía ella, a tomar unos vinos. Todos estábamos pobres, nos alcanzó apenas para un blanco en un bar de mala muerte que nos recomendó el novio, más aburrido que chupar clavos. Ni una mujer para mirar había. Si hubiera sabido lo de la Gorda, me buscaba otro asiento, pensaba al día siguiente. Volvimos a las mil quinientas. Habrán sido como las cinco de la mañana, tal vez las seis, amanecía. La tía Cuca me había puesto una notita al lado de la heladera, indicándome que me dejaba un bife. Fui a la pieza, destendí la cama. Y me dispuse a desayunar. Terminé, me pegué un baño y la viejita se despertó. ¿Qué tal has dormido?, me preguntó. Bien, le contesté, qué más le iba a decir. Después Ramírez me quiso preguntar algo, como a qué hora había vuelto que no me había sentido, pero pude cambiar de conversación a tiempo y no se dieron cuenta de nada. Creo. El resto de la mañana se me fue en visitar a otros primos, Pancho, Martín, Jorge. Y chau. Ya eran las cuatro de la tarde y tenía que tomar el tren para volver. Adiós, pampa mía. Y la Gorda que revolvía ese bolso mágico que llevaba entre las piernas. Tenía de todo. Como siempre, el tren salió atrasado, el horario era a las cinco y partimos a las siete y media de la tarde. Tal vez más, porque no uso reloj. Busqué una buena ubicación, me senté y a dormir. Dos horas después, serían las nueve, me despertó la Gorda, como le cuento, con ese sánguche de milanesa. Y me volví a sumergir en el sueño. A las dos horas, me volvió a despertar para preguntarme si no quería un alfajorcito. Le dije que sí, pensando que sería uno de esos que venden en la calle, un bocadito y chau. No, era uno de los grandes, rebosante de dulce de leche, pesado como vaca en brazos. Le dije que sí, qué otra me quedaba. La gorda me guiñó un ojo. Cuando me quise acordar, no me pregunte dónde vendría el tren, me desperté en medio de la noche, debo haber gritado, no sé, algo pasaba, un sueño, una pesadilla, estaba apoyado contra el hombro de la Gorda, que a su vez tenía apoyada su cabeza contra la mía y su mano reposaba en mi pierna, peligrosamente cerca. Me levanté despacito, fui al baño. Milagrosamente había agua, me lavé un poco, oriné mirando pasar los durmientes por debajo, pensando en qué pueblo argentino estaría dejando mis señas particulares. Y me dispuse a recorrer el tren. Cinco-pesos-poca-plata. Era Ferrocarriles Argentinos. El viejo tren, tan eterno como el agua y el aire, pensábamos por aquel tiempo, hasta que, de un plumazo, lo hicieron desparecer para siempre y nunca más volvimos a tenerlo. Cinco-pesos-poca-plata. Pero me aburrí a la mitad del camino, seguía con sueño y volví a mi lugar. La Gorda me esperaba despierta.

-¿Dónde has estado?- me preguntó.
-Por ahí, dando vueltas- le dije.
-Me tenías preocupada.
No respondí nada. La Gorda se había adueñado de mí. Quise dormir, apoyado en la ventanilla y sentí su mano que subía por mi pierna. Me acuerdo que pensé “sonamos”. La Gorda quería cobrarse la comidita. Qué hago, mamita querida. Justo un tiempo antes yo había dejado la política radiador que me caracterizaba desde chico. Radiador, porque se me pegaba cualquier bicho que andaba por el camino. Ya era un poco grandecito. Hasta ese momento, si había un agujerito en la pared, lo hacía mi querida instantáneamente, no me importaba nada, ni pelos ni marcas ni señales. Pero de un tiempo a esa parte, andaba un poco más selectivo. Sobre todo, porque eso de la Gorda me pasó justo después de lo de Mirta, que era una yegua que no podía ser, que levantaba las baldosas cuando pasaba. Y esta Gorda me estaba tirando los perros, algo que, además, nunca me había sucedido, que una mujer gustase de mí y me lo dijera casi tan directamente. Decidí hacerme el estúpido y porfié en dormirme. La Gorda seguía subiendo la mano. Y si llegaba hasta arriba se iba a dar cuenta de que estaba excitado, porque uno no es de madera tampoco. Ahora no, le dije, más tarde. La Gorda me miró, se enderezó un poco porque estaba inclinada hacia mí, y sacó algo de la bolsa. Eran empanadas. Me convidó una. Salí Gorda, pensaba yo, en cuanto te descuides, me cambio de vagón y si te he visto no me acuerdo. Ya era bien de noche, quiero decir, noche oscura, cerrada, sin luna, y por ahí, por la ventanilla pasaban luces de casas, mecheros perdidos en el norte de Buenos Aires, sur de Santa Fe, dónde andaríamos. La Gorda no se quería dormir. Esbozaba un ronquido y se despertaba, me miraba con hambre.

Quería sexo.

Al final se durmió. Quise salir, escaparme, mandarme a mudar despacito, del lado de la ventanilla y la desperté. Qué haces, me preguntó, nada, voy al baño. Ya has ido, me dijo. Y volvió a cruzar las piernas imposibilitándome la salida. Dejame salir, le insistí. No, ya has ido al baño, dormite que dentro de un rato te amasijo, papito. Los deseos de la Gorda ya eran frontales. Me incliné contra la ventanilla y no sé cómo, me dormí de nuevo. En eso sentí como un terremoto, un sacudón tremendo. Creí que habíamos chocado. Ya veía los titulares al otro día, “Choque de trenes en Serodino”. Era la Gorda que estaba encima. Me besaba. No sé cómo hice, pero logré apartarla. La Gorda forcejeaba por besarme en la boca. Yo le esquivaba el beso. Vení mi amor. Tenía una fuerza bruta bárbara. Debe haber sido la mujer más fuerte que he tratado en mi vida. En eso se levantó y me llevó a la rastra. El tren dormía. Nos metimos en el baño de mujeres. Cerró la puerta. Urgente. Me bajó la bragueta, Gorda sucia. Tocame papito, tocame toda, me decía, como si fuese tan fácil abarcarla toda. Se abrió los botones de la camisa para que me sumergiera en sus tetas. Yo ya estaba en el baile y me puse a bailar. A decir verdad, la Gorda no quedó muy conforme. Estaría acostumbrada a otro trato, digo, no sé. O andaría muy necesitada. La cuestión es que, en Garza, tres estaciones antes de La Banda, ya éramos chanchos amigos y le compré quesillo para compensarla de tantas atenciones que había tenido conmigo esa noche. Y cuando llegamos, trepó al vagón un flaquito que me preguntó si me bajaba ahí, le dije que sí, le di el asiento y despedí a la Gorda.

Antes de irme, vi que le convidaba algo al flaquito. Sería pollo, no sé, era la hora del almuerzo. Me vine a casa en el colectivo.

©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. .muy divertido y bien contado
    Gracias Juan Manuel
    Después te escribo mas largo

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  2. Muy entretenido! Volví a recordar cómo era viajar en tren. Jajaja! Creo que casi toda la gente que viajaba por esa época, tenía una historia para contar. Y tan cierto lo de ir comiendo todo el camino! Mis viejos llevaban una caja grande con un montón de cosas ricas. Momentos imborrables!

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  3. Muy divertido, recordando, hasta yo me entusiasmé!!!

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  4. Muy bueno. Distinto a la línea de escritura de todos los anteriores. Interesante.

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  5. Bueno, que te hacías rogar ? Pobre gorda !

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  6. Muy bueno Juan, tu prosa lleva el ritmo de tren, las descripciones ajustadas a entre cómicas y dramáticas. Un gran abrazo Alfonso

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