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VERÍDICO La historia de Santiago Dakar

Pasan los camiones

En el 2016, el rally Dakar, la carrera de autos a campo traviesa más conocida del mundo, pasó por la provincia


“En el 2017, el rally del Dakar pasó por aquí, nos dejó un hermoso recuerdo y a la vez como un gustito amargo, ¿sabe?”, dice Modesto Jiménez, en un momento de la conversación. Estamos en el patio de su casa, mientras la señora, doña Audelina, nos ceba unos mates. Tiene una linda casa, patio amplio bien barrido, muchas gallinas, unos pocos pavos, patos, guineas. En el chiquero algunos chicos sacan leche a las cabras, encierran los corderos, se ríen, juegan, gritan.
A Modesto lo conocí en el ómnibus, mientras viajábamos rumbo al pago, coincidimos en asientos vecinos y conversamos sobre amigos comunes, la mejor cura para el ternero embichado, lo pesado del trabajo del hacha, esas cosas. Y justo cuando me estaba por bajar me había empezado a contar de la fabulosa carrera de autos que pasó justo frente a su casa.
Pasa una linda vida, según parece, me cuenta que tiene tres hijas, todas solteras, en eso la señora lo mira y tiene un leve sobresalto mientras le alcanza un mate. Entonces empieza a contarme la carrera del Dakar: “El 2 de enero del 2016 empezaron a pasar un montón de autos y camiones raros frente a casa, uno tras otro, como desfile, tanto que salí a mosquetearlos. En eso, uno se paró y el chofer pidió hablarme, le dije que sí, que cómo no”.
—Ahá, ¿y?— lo apuro.
—Era un porteño, trabajaba a la vez en un diario y una radio de la provincia de Buenos Aires, quería contar la carrera desde casa y sacar fotos porque después de la curva de los Ledesma hay como un terraplén que ha hecho el agua de las tormentas y calculaba que los autos iban a saltar un poco.
—¿Usté que le dijo?
—Que sí, por supuesto. Ha visto como somos nosotros. Estacionó su camión más allacito de donde usté esta sentado. Sacaron unas antenas altas, las instalaron el guayacán donde duermen las gallinas. Decían que se iban a quedar hasta el otro día a la siesta, después de que pasara el último auto, se mandaban a mudar.
—¿Se hicieron amigos? — le averiguo.
La señora de Modesto hizo un gesto que no supe interpretar.
—Muy amigos. Ahí nomás maté una cabrilla y la puse a asar para convidar a las visitas. La Audelina hizo una tortilla al rescoldo, de las “rueda i´carro”, bien grandes. Pero cuando quise mandar a una de las hijas a comprar vino y gaseosa al pueblo, en bicicleta, me dijeron que no, de ninguna manera, porque tenían una heladera repleta de bebidas.
Cenaron a eso de las 9 de la noche, el porteño, un gringo grandote y sus dos changos, junto a la familia Jiménez. Después él se fue a dormir y el gringo se quedó con la Audelina y las chicas en el patio, viendo una película en un aparato de televisión grande que había llevado. A eso de las 2 de la madrugada se despertó sobresaltado, había oído un ruido, hacía varias noches que andaba detrás de una comadreja que le había comido varios pollos. Pero la señora lo atajó:
—Dejá de joder, deben ser los gringos esos.
Los autos por Santiago
Y se durmió.
Al día siguiente pasó el Dakar y, tal como había predicho el porteño, los autos pegaban unos tremendos saltos después de la curva de los Cancino. Una cosa hermosa de ver, sobre todo porque nunca más iba a pasar nada tan extraordinario en el pago.
Se queda callado un rato largo Modesto. Incómodo, después de tres o cuatro minutos muy largos, le pregunto:
—¿Y de ahi?
—No era comadreja lo de aquella noche— dice muy serio.
Lo imaginaba, pero solamente digo:
—Ahá.
—No sé en qué momento, uno de los changos del hombre me la gateó a la Rosita, la mayor de mis hijas.
—¡Eh, no diga así! — exclamo.
—Así es. Ese porteñito había sabido ser más rápido que inmediatamente.
—Pero, digamé, ¿cómo lo sabe?
Entonces Modesto se da vuelta, señala el chiquero, donde los chicos juegan y me señala uno.
—¿Lo ve a aquel rubialito?
—¿Cuál?
—El de camisa gris.
—Ahá, qué pasa con el chango.
—Se llama Santiago Dakar Jiménez, está en segundo grado ¿entiende?
Me quedo callado un instante y le digo, que claro que entiendo.
No pregunto más, para qué, oiga. Después conversamos otros temas, si este año será llovedor, qué sabrá ser lo mejor cuando le agarra el gusano a la chacra, si es cierto que hay gente que cura de palabra el dolor de muelas, asuntos así.
Y vuelvo a casa pensando en lo ligeros que son algunos porteños. En apenas unas horas conoció a una chica y la convenció para amarse a metros del catre en que dormían el padre, la madre, los perros que podrían haber ladrado, el peligro de que salga Modesto con la escopeta.
Pero la Rosita no se quedaba atrás, ¿no?, qué rally ni qué ocho cuartos, cruza de Ferrari con MClaren la chinita, carajo. Medio gordita nomás, pero alhajita.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Muy bueno Juan 👍 te felicito
    Arq lopez ramos

    ResponderEliminar
  2. Cristian Ramón Verduc24 de agosto de 2022 a las 8:04

    Muy bueno.

    ResponderEliminar
  3. Muy buen relato, Juan. Así suele suceder en nueatro interior cuando llega gente foranea.....todo se "alborota" por la novedad. Recuerdo aquella vez, en 2016, haberme enterado aquí en USA, con sorpresa, de la decisión de los organizadores de suspender una etapa del rally Dakar en Santiago debido al intenso calor.
    Evidentemente esa gente puede aguantar el clima del Sahara......pero no una siesta de Enero en Santiago.
    Tal vez sea por eso que ya no lo hacen mas?....decidieron irse otra vez al Sáhara buscando el fresquito.

    ResponderEliminar
  4. Excelente relato. Juan Felicitaciones

    ResponderEliminar

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