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CUENTO Cuando me toque

Hombrecitos verdes

Qué sucede el día que finalmente lo vienen a buscar, contado en primera persona por un ocridio


Cuando se llevaron a los salmodianos no me hice drama, nunca he sido de ellos. No dije nada, me quedé en el molde, seguí con mi vida. Luego vinieron por los tradens: recuerdo que esa noche le pregunté a mi regente si tenía algún pariente salmodiano. Ella había estado mirando la tele y me reclamó: “No vayas a hacer líos, vos, ¿eh?, no nos da el cuero como para que te tires de héroe”. Le respondí que no, qué otra me quedaba.
Durante ese tiempo pensé mucho en los salmodianos y los tradens, dónde los llevarían, qué les harían, cómo sería ese otro mundo, si es que lo había. Al tiempo nos enteramos de que también estaban exterminando a los mirabilia y ahí me afligí porque recordé a un compañero de la escuela que era de la rama mirabilia, pero del barrio sur, quizás zafó, me dije, pero iba a ser una excepción muy, pero muy inusual, porque agarraban a un grupo y no dejaban a nadie. Los mirabilia siempre han sido de ponerse en exquisitos por cualquier cosa y protestar en todas partes. Además, convertían al resto, no querían andar solos y hacían proselitismo entre las demás raleas, todo el día, dale y dale con sus frases hechas, cortitas, hechas para el puro convencimiento.
Recordé que uno me había hablado para convencerme y hasta me entregó folletos. Esa noche, cuando la regente dormía, los llevé a la cocina e hice una quemazón por si acaso. Sin leerlos, para qué si eran de otro linaje. Recuerdo que pensé: “¿Por qué los quemo si nadie me obliga y es improbable que ese mirabilia me recuerde? Pero el miedo no es estúpido.
A los diávolos malignus, seres obscuros, los llevaron después de todos y nadie se explicaba por qué, si siempre habían estado ahí, presentes, dando mal ejemplo, haciendo daño a diestra y siniestra. Pero alguien echó a correr la voz de que los habían respetado por soplones.
Recuerdo que desde un determinado momento, quizás después de lo de los diávolos, pensé que nadie estaba a salvo en esa plaza y, por las dudas no volví a hablar de asuntos comprometidos: ¡el vecino de al lado podía estar oyendo mis charlas maritales apoyando un vaso a la pared y acercándole el oído, como muchos a quienes después denunciaron!
Cuando las calles se vaciaron, hicieron bolsa a los ludens, a los requiens, a los desideráre y hasta los pacíficos amordioseros. Si comentaba algo, mi regente se ponía un dedo en los labios, volcaba el ojo para el lado del vecino y hablaba en voz alta de cualquier otra cosa.
Ayer me pararon por la calle, me preguntaron si era ocridio, les dije que sí, no puedo negarlo, las antenas verdes y las alas tipo mosca me delatan. “Venga”, me ordenaron. Por suerte había un lápiz que alguno dejó tirado en el suelo.
Estando aquí averigüé qué les sucede a los que arrean como tropa de verdularios comegente. Es una lástima, pero el lápiz se me está acabando, anoche llevaron a los de la celda de al lado, capaz que mañana me toque a mí, entonces…
©Juan Manuel Aragón
A 20 de octubre del 2023, en la plaza Libertad. Mirando el agua de la fuente

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