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HISTORIA Tortugo rabioso

Tortuga en su hábitat

Por qué anda mal Hugo, es una pregunta que se hace su señora: la respuesta, como corresponde, la tendrá casi al final de este relato

El señor Hugo Tortugo anda rabioso, su hijo querido, Huguito, terminó el jardín de infantes y pasará a primer grado. Las maestras de la salita de cinco años querían hacer un pequeño acto en cada aula o en el patio del jardín. Pero las madres se comunicaron por WhatsApp y decidieron hacer un gran festejo.
Hugo Tortugo era hijo de una de esas familias bien de monte adentro, precavidas, desconfiadas, modestas, astutas: saben hacerse de piedra cuando llegan los perros olfateándolas y, por más que las muerdan, no pueden hacer nada porque se quedan dentro de la casa, tranquilas y confiadas hasta que las dejan de molestar.
Las madres reservaron el Paraninfo de la Universidad Nacional y un salón para la fiesta de la noche. Los niños debieron llevar delantales que muchas familias no habían comprado a principios de año porque calcularon que no los iban a necesitar y unos globos carísimos con luces, papelitos de colores y el nombre de cada niño estampado en la redonda gordura de su faz, inútiles y más ordinarios que sushi de mortadela.
Para la fiestita de la noche se contrató animación, porque los chicos ya no saben divertirse si no les llevan artistas o presentadores para que les digan cómo hacerlo, un castillo inflable, globos, tortas, sánguches de miga, hamburguesas, papelitos colgados en las paredes, una piñata gigantesca, tres payasos de refuerzo y un prestidigitador que hizo las delicias de los chicos, con una hermosa secretaria que vivificó el iris de los grandes.
A cada detalle que le iban agregando al acto eran 2.000 pesos más por aquí, 3.000 mil pesos más por allá, 5.000 para la torta con el nombre del niño, 1.000 para el gorrito como el que usan los egresados en Estados Unidos, y 4.000 mil por cada invitado extra (abuelos, tíos, padrinos, primos y hasta un olvidado tío segundo que apareció a último momento). Una joda que hace dos semanas, cuando terminaron las clases, le salió 100.000 pesos por pera. Por lo bajo, porque su señora le sisó unas cuantas monedas más para extras de los que ni se enteró.
Doña Tortuga le dijo que quizás era la última vez que Huguito se veía con sus compañeritos, como si eso hubiera sido de una importancia vital para la psicología educativa del párvulo. El señor Hugo Tortugo no es un ratón que no quiere gastar dinero en Huguito, faltaba más. Es siempre generoso con el chango, le compra soldaditos, autitos y camiones de juguete, sombreros, gorras y trajes de sus personajes favoritos de televisión. Además, lo quiere bien, lo observa buscando parecidos simpáticos con su familia o con los parientes de su señora, y algunas noches, cuando todos duermen, se despierta sobresaltado y va hasta su cama, sólo para mirarlo respirar, acompasada y tranquilamente.
Sus pensamientos siempre vuelan hasta los bosques en los que se crió. En ocasiones se le da por comparar las austeras formas y maneras que cultivó durante su infancia y el pobre lujo al que se acostumbraron todos en estos tiempos. Y el faroleo, por supuesto: nada le molesta más que los colores brillantes, las palabras grandilocuentes, el cinismo en las relaciones y las complicadas maniobras que se deben hacer en la ciudad para cuestiones que en el campo eran muy simples. En su pago, comenzaban las clases y los chicos entraban al aula a aprender, en la ciudad deben hacer una ceremonia de comienzo de año, en el campo el día de San Martín le daban una clase alusiva, en la ciudad hacen un acto escolar con discursos, disfraces, música, bailes. Todo es complicado aquí, piensa, mientras sigue enrabiado.
Su señora, lo viene observando, desde hace un tiempo, al hombre cada vez que le hablan del chango, una arruga se le ciñe en la frente y hace una mueca, como tragando hiel: no quiere preguntarle nada por miedo a que no le guste la respuesta, y prefiere andar adivinando, como algunas mujeres, que quieren bien y practican mal su querer quedándose calladas, guardando rencores del aire que respiran.
Don Hugo Tortugo anda enojado con las modernidades de la vida de la ciudad. El otro día lo halló sin querer, a don Ramón Zorro y se fueron a tomar algo a una confitería. Entre el ruido de cucharitas y el ronquido ferroviario de la máquina de café le confesó la amargura que le estruja el corazón. Al recibirse de nada en jardín de infantes, su hijo había tenido una celebración de lo más fastuosa, si llegaba a ser ingeniero, a esa altura de la suaré debía contratar al menos un camión repleto de prostitutas francesas y organizar una fiesta magnífica, para celebrarlo. Y no sabía si quería que llegase ese momento, con orgiásticos banquetes y espectáculos desenfrenados, o hacerlo abandonar en quinto grado para evitar semejante dispendio en fatuos y vacíos homenajes pasajeros.
Los animalitos del bosque tienen esos pensamientos, aun cuando hace mucho que viven en la ciudad. Usted sabe, son a la vez desconfiados, modestos, astutos. Y, ¿no se dijo ya?, muy precavidos.
La lógica republicana del campo, despojada, humilde, sencilla y recatada, choca siempre con el pensamiento de pantalla tecnicolor, sonido surround, sillones ergonómicos y baldazos de pochoclos con que suelen castigarse los pobres corazones canfinfleros de la ciudad.
¿Egreso de jardín de infantes?, piensa en estos días.
Y vuelve a renegar de pura rabia.
©Juan Manuel Aragón
A 20 de diciembre del 2023, en el Campo Contreras. Lustrando los timbos

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