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HISTORIA DE VIDA La verdad verdadera del Hombre de la Bolsa

A modo de ilustración nomás

“En una pelea con cuchillas, el otro me erró de matar, y quedó mi ojo izquierdo a la orilla de un boliche mugroso”


Ya andaba hombreando bolsas mucho antes de que las madres me mentaran para asustar a sus hijos cuando no querían tomar la sopa. Soy nacido y criado en el barrio El Triángulo, fui a la escuela hasta segundo grado nomás, después tuve que ir al Mercado de Abasto a rebuscármelas, porque era eso o pasar hambre, en casa, según decían, no había para darme de comer.
Mi tío me dijo que, si sabía firmar, no había para qué seguir yendo a la escuela. Le dije que sabía, me entregó un papel y me exigió: “A ver, firme ahí, sobrino”. Y firmé, bien clarito: “Luis Miguel Sandoval”. Decidió que al día siguiente lo tenía que acompañar al mercado. La miré a mi mamá que, a su vez me devolvió la mirada con un rostro que no decía nada.
Al día siguiente me levantaron bien tempranito. Sin lavarme la cara, mi tío me llevó al mercado, era un hervidero de gente moviéndose en medio de la oscuridad de las cinco de la madrugada. Me presentó a un señor, un gordo, diciéndole: “Este es el muchacho del que le hablé”. Me pusieron a lavar papas que venían a granel. Báh, eso de lavar es un decir, las metía en un balde de agua sucia y las pasaba para el otro lado para hacerlas secar con el aire. A las diez de la mañana seguía en lo mismo. Cada vez que creía que terminaba, venía otra tanda y otra y otra más.
Volví a casa a las 3 de la tarde con las manos heladas, era agosto y tenía las uñas negras, me lavé como pude y después de comer me fui a acostar. Mi tío me volvió a levantar al otro día, a la misma hora. Y vuelta a empezar, sólo que ahora me dolía todo el cuerpo de tanto sacar las papas, en una bolsa de un lado, llevarlas adonde las lavaba de parado, y ponerlas del otro lado.
Así durante varios días que me parecieron interminables, hasta que una mañana me desperté asustado. Había silencio en la casa, mi mamá dormía, mi tío también. Cuando lo quise despertar, me dijo: “Deja de embromar, es domingo”. Así supe que el infierno se detenía una vez a la semana. Al rato, cuando mi mamá se levantó, me quiso abrazar como lo hacía de vez en cuando. Pero no la dejé. “Ya soy grande”, le dije, pero en realidad estaba enojado con ella, aunque no sabía bien por qué.
Como era bueno haciendo cálculos, a los 10 años estaba despachando clientes. Mi tío me dijo que me quedara con unos mangos por día, que el gordo no se iba a dar cuenta. Le empecé uñando unos pocos pesos por semana, pero después me entusiasmé, le agarré el gustito a la plata, compré ropa, zapatillas nuevas y una camiseta de la Selección Argentina. Me pescaron. Una tarde, cuando volvía a casa, me agarraron entre varios y me dieron palos como para que tenga, guarde, atesore, amontone, ahorre, invierta y acapare.
Me dejaron por muerto a la orilla del río. Zafé porque unos pescadores me llevaron al hospital. Cuando volví al mercado, me advirtieron que anduviera lejos del gordo. Y me pusieron a hombrear bolsas. Como changarín me hice hombre, los sábados comencé a tomar, me fui de la casa de mi mamá cansado de verla con un hombre y otro y otro más, a veces más de uno por noche, en eso murió mi tío y me hallé sin protección en el mercado. En una pelea con cuchillas, el otro me erró de matar, y quedó mi ojo izquierdo a la orilla de un boliche mugroso.
Tardé en sanar, endemientras, con la cara vendada, pedía alguito para comer a los clientes del mercado. Ya había conocido la merca y cuando estuve más o menos bien, plata que ganaba, iba para comprar pastillas, paco, cachuña, cambuca, lo que fuere. Dormía con mis dos perros, “Colita” y “Chismosa”, rara vez me bañaba. Y pronto no serví para nada. Para peor, la gente se asustaba cuando miraba mi cara con el ojo vacío, con una costura. Me empezaron a llamar el “Tuerto Sandoval”.
Una tarde, una señora que venía con el hijo, un chango como de cuatro o cinco años, me señaló y le dijo: “¿Ves?, ese es el Hombre de la Bolsa, el que te va a llevar cuando no hagas caso”.
Si me miraba al espejo, sabía lo que iba a hallar, un morocho fiero, los pelos parados, barba rala, pelos asomando por la nariz y la oreja, el costurón del ojo, pilcha andrajosa, dos perros y una bolsa de arpillera para llevar lo que me daban por ahí para comer. Completito, digamos.
Decidí convertirme verdaderamente en el Hombre de la Bolsa. Primero ofrecía mis servicios a las madres cuyos hijos se andaban portando mal, después se pasaron el dato y solitas me buscaban. ¿Cómo era el laburo?, iba, los topaba a la salida de la escuela y les decía:
—¿Vos sos Juancito? — poniendo cara de malo.
—Sí señor.
—Andan diciendo por ahí que te portas mal. Si sigues así, te voy a llevar conmigo para vivir en medio del monte. Después te voy a cortar en pedacitos y le voy a dar tu hígado a mi perro que siempre anda hambriento.
Dicho lo cual, me mandaba a mudar.
Hice algo de dinero haciéndome pasar por un  demonio. Me alcanzó para dejar de vivir en la calle y alquilar una pieza en una pensión que antes sabía ser, en la Catamarca 365, “La Pulga Loca” donde ahora hay una playa de estacionamiento. Después me asocié con un chango que animaba fiestitas infantiles. Nos presentábamos como “El Mago Chan—Chon y el Hombre de la Bolsa”. Con la platita que hice con eso puse una casa de venta de alimento para perros y gatos, en la Independencia, a dos cuadras de la Normal.
Después la conocí a la Irma, una chica del Ulluas y nos casamos en la Inmaculada. Tenemos dos hijos y vivimos en una casa que nos dio el gobierno en el barrio Siglo XXI.
Nunca mejoré mi aspecto, sólo que ahora me pongo ropa nueva, me baño todos los días, me afeito y me corto los pelos de la nariz y la orejas, ya no tomo, estoy limpio de la merca y me calzo anteojos oscuros, tipo John Lennon, para disimular mi ojo ciego.
Pero nunca me olvido de que salía a espantar chicos ya sea porque se portaban mal, no hacían los deberes, peleaban con los hermanos, no tomaban la sopa o se quedaban hasta tarde viendo la tele, sin hacerle caso a la mamá. Primero fui el verdadero y auténtico hombre que andaba con una bolsa a cuestas. Después me convertí en el Hombre de la Bolsa.
Ahora soy solamente un cuento que pasa de una madre a otra cuando se cansan de que los hijos no les hagan caso. Otros dicen que soy un mito, una leyenda. Y hasta hay quienes afirman que no existo. Pobres, no saben lo que dicen.
©Juan Manuel Aragón
Mirando pasar la lluvia, en el Bajo de la Mesada, septiembre 28 del 2022.

Comentarios

  1. Muy bueno yo lo vi.para dormir la siesta 3 años tendría. Ya en la belgrano no había donde verlo jaja.
    Muy bueno Juan
    Gracias
    Arq lopez ramos

    ResponderEliminar

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