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CACERÍA La extinción de la corzuela

Retrato de una de nosotras

“Antes sabíamos ser muchas más dando vueltas por los bosques, no digo que nos andábamos chocando, pero sí que éramos una multitud”


Los cazadores saben que somos muy curiosas, por eso se ponen una gorra colorada cada vez que salen a matarnos. En vez de escapar nos quedamos quietitas, mirándolos fijamente. Si son hábiles, en un solo movimiento levantan la escopeta y ¡pum!, chau corzuela. Tenemos una carne magra, seca y muy sabrosa, los paisanos nos hacen guiso, milanesa y lampreado. Pero cuando nos saben condimentar, las empanadas son las más ricas de todas.
Nos dicen corzuela, guasuncha, viracho, guasuvirá, asú virá, masuncho, sachacabra, urina, pero en la Argentina vamos mermando tanto que dentro de poco ya no importará nuestro apodo, si total no quedará ninguna para llamar.
El mayor problema que tenemos es el precio de la carne de vaca. Le explico, como todos saben, el campesino santiagueño tiene una dieta rica, sobre todo en grasas, harinas y proteínas. Cuando se encarece la carne de vaca, como en los últimos años, un cartucho de escopeta es siempre más barato que un quilo de costilla, de lomo ni qué hablar del peceto. Si además el campesino es pobre, se echa la escopeta al hombro y sale al bosque a buscar la comida.
Los cazadores de la ciudad rara vez nos buscan a nosotras. Ellos quieren otra clase de aves, por una parte, chanchos del monte o leones y por la otra, palomas, perdices, martinetas. No le digo que si hallan una no nos apagan un tiro, pero somos poca cosa para su gusto. Quieren animales que salgan mejor en la foto y muestre lo valientes que fueron al enfrentar un león con ochenta perros, veinte baqueanos, escopeta a repetición, cuchillo de Rambo y cartuchos como para hacer dulce.
(Alguien tendría que contar, alguna vez, la verdadera historia de los “cotos de caza” santiagueños, en que, por un puñado de dólares, traen a los gringos a matar un auténtico león americano, al que previamente drogaron y apalearon para que, “¡oh, qué sorpresa! el puma estaba en un clarou del bosque and yo solitou le metí veinte balazous”, según contará después el Johny, mostrando la cabeza embalsamada en su granja de Arkansas, en su rancho de Arizona o donde carajos lleven a exponer sus trofeos).
Nos salvamos de los cazadores deportivos, pero caemos casi siempre en manos de los locales, siempre efectivos, porque salen con un solo cartucho para gastar y, para peor, nos han hecho inteligencia previa. Saben por dónde solemos caminar, si andamos solas o de a dos, si tenemos cría y a veces averiguan hasta dónde dormimos. Los necesitados campesinos cuando cazan son silenciosos, cautos, saben caminar haciendo poco ruido, casi nunca vienen de a dos, cuando menos lo pensamos, ya está esa gorra colorada frente a nuestros ojos, refulgente, rara, bonita. Y cuando nos queremos dar cuenta y pegar un salto para escapar, chau, chau, adiós.
Antes sabíamos ser muchas más dando vueltas por los bosques, no digo que nos andábamos chocando, pero sí que éramos una multitud. Cada una tenía más o menos una hectárea de tierra para nacer, vivir, pastorear, reproducirse y morir. No digo que había una por hectárea, no sé si comprende, sino que esa extensión tenía nuestro hábitat.
Hasta que llegaron las topadoras. Fue como si nos quitaran la casa o, más bien, nuestra razón de existir. Nos refugiamos en las cortinas forestales, en los pocos casos que las dejaron. Y el resto se tuvo que acostumbrar a vivir al descampado. Muchas murieron en cuestión de días. Después del desmonte viene lo peor, los cordones de ramas que quedaron amontonados se queman a principios de primavera, en un incendio cuyo humo se ve a quilómetros de distancia. De puro milagro unas pocas no mueren achicharradas, junto a los hualos, las liebres, los coys, las lagartijas y todo el bicherío que queda a merced del fuego. Es lo más parecido al infierno que he visto.
Como tímidas que éramos, salíamos a comer a la madrugada y a la oración, pero después de quedarnos sin el quebracho, el algarrobo, la tusca, el churqui, nos hicimos más nocturnas porque nos da miedo caminar en el descampado. El campesino también se dio cuenta y se aprovechó, otra vez de nuestra inocencia. Primero vemos venir la luz de su linterna, como un tucutucu entre las plantas y nos paralizamos, llenas de pavor y curiosidad. Quedamos quietitas, estatuas camufladas debajo de un solitario guayacán, en un estar, la luz nos pasa por arriba primero, después nos alumbra a los ojos, encegueciéndonos y ya no hay más remedio, porque ¡pum!, adiós.
Vivimos desde el norte del Brasil, todo el Paraguay, el norte del Uruguay, el litoral y norte de la Argentina y parte de Bolivia. En otros lugares del mundo quizás haya animales parecidos, más bonitos y vistosos, pero iguales no hay en ningún lado, somos únicas en el esférico mundo.
A pesar de lo mal que estamos no salimos a cortar rutas ni levantamos carteles ni ofrecemos encendidos discursos pidiendo por nuestra vida ni quemamos gomas ni hacemos sentadas ni mandamos solicitadas a los diarios ni andamos gritando ni olvido ni perdón para nadie ni tarifamos una indemnización por nuestro sufrimiento.
Lo único que pediríamos, si pudiésemos es que mejore la situación general de la Argentina, no porque tengamos un particular interés en la política, sino para que el campesino no se vea en la necesidad de matarnos, solamente para comer unos días más. Que cuando nos vea en el bosque se diga: “Pensar que alguna vez tuve que matar esos hermosos bichitos, suerte que ahora, cuando voy a la carnicería, pido que me corten dos quilos de costeleta, como si nada, porque tengo trabajo, igual que todos mis vecinos”.
Si usted que lee esta nota, se pone las pilas y la reenvía a todos sus contactos y ellos hacen lo mismo, quizás entre todos se ponen de acuerdo y hacen un país mejor, no digo de un día para el otro, pero quizás dentro de veinte años ya estemos pelechando y se salven las últimas que quedarán para entonces.
Háganlo por ustedes, si  no lo hacen por mí.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Juancho se ve que sabes de quema de cortinas del monte!

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  2. Cristian Ramón Verduc25 de febrero de 2023 a las 8:49

    Muy bueno y muy justo lo que dices.

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    Respuestas
    1. Y las vacas no importan sus sentimientos? Ningún animal inocente debería sufrir una muerte injusta

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  3. Muy buena la historia. Como siempre la mejor nota . El mejor comentario.

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