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NOSTALGIA Méjico, güey

Al centro de bigotazos negros, Pancho Villa

De Doroteo Arango a la revolución, las ganas de fusilar curas y los hermosos caballos que pasaban en el cine

De chico, en el cine, pasaron el vídeo que está después del próximo punto y aparte. Fascinaban esos próceres mejicanos, tan parecidos a la gente que uno conocía, los padres, los tíos, sus amigos, la gente que se veía en la calle, tan distintos de los estirados argentinos de ese tiempo. Recordaba a las abuelas calificando gobernantes como “gente bien” o “gente que no es bien” y hubiera querido que los próceres argentinos también se limpiaran la boca con el revés de la mano después de comer y no retirando suavemente la servilleta de las rodillas. Que entraran a las ciudades revoleando un rifle cargado, por las dudas.
El vídeo
El más admirado se llamaba José Doroteo Arango Arámbula, nombre que no  recuerda nadie, pero si usted dice Pancho Villa, que es como eligió llamarse, cualquiera sabrá que se refiere al bandido, líder revolucionario y guerrillero, que vivió en el filo del siglo XIX y XX, que luchó contra Porfirio Díaz y Victoriano Huerta. ¿Dónde?, ¡en Méjico lindo manito!
Con sus matices, los argentinos somos mejicanos nacidos en esta parte del mundo, sólo que cuando allá sus grandes hombres andaban haciendo la Revolución, aquí nos disfrazábamos de grandes señores. Mientras ellos calzaban dos revólveres al cinto, cartucheras cruzadas por el pecho y se mataban en las calles y en los campos, aquí se trataban con modales franceses, pase usted señor Ministro, faltaba más Monseñor, sirvasé un bocadillo Embajador.
Pancho Villa era hijo de un campesino que quedó huérfano de niño. Para vengarse de una violación a la hermana, mató a uno de los dueños de la finca en que trabajaba y se mandó a mudar a la montaña, para pasar su primera juventud como fugitivo.
En 1910 se unió al levantamiento de Francisco Madero contra Porfirio Díaz. No había ido a la escuela, pero sabía leer y escribir y mostró sus talentos como soldado y organizador. Además, conocía la tierra y la gente del norte de Méjico, lo que le permitió poner a disposición de Madero una división de soldados entrenados bajo su mando. Cuando ganó la revolución, Pancho siguió en el ejército irregular.
Entre los argentinos dominó casi siempre la “gente bien” o los que, despechados o resentidos, querían serlo, por eso, allá cuando los curas se quisieron retobar, iniciaron una guerra civil y salieron a matarlos por las calles. Aquí, esa misma guerra se hizo en los salones, en las páginas de los diarios siempre con una solapada intención entre palabras que sonaban bien, con el cuchillito bajo el poncho, como quien dice.
Cuando hablan de la Guerra Cristera de los mejicanos, a muchos de aquí también les dan ganas de fusilar a dos tres curas, de los que bendicen las cenas del Rotary, dan la espalda a Nuestro Señor durante las misas y bailan y saltan y ponen globos en los templos y andan desesperados por casar a los desviados o casarse ellos mismos… con lo que venga.
Pero andamos muy lejos de eso todavía, en 1912, cuando la rebelión de Pascual Orozco, Villa despertó las sospechas del general Victoriano Huerta, que lo condenó a muerte, pero Madero ordenó suspender la ejecución y lo envió a prisión. Pero huyó y se marchó a los Estados Unidos. Después del asesinato de Madero en 1913, volvió a Méjico y formó una banda militar de varios miles de hombres, la famosa División del Norte. Combinó sus fuerzas con la de Venustiano Carranza y se rebeló contra la dictadura represiva e ineficiente de Huerta, revelando una vez más sus talentos militares al obtener varias victorias. En diciembre de 1913 asumió como gobernador del estado de Chihuahua. Con Carranza, obtuvo una victoria decisiva sobre Huerta en junio de 1914. Juntos, Villa y Carranza entraron a la Ciudad de Méjico como líderes victoriosos de una revolución.

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Otra cosa que les envidié profundamente a los revolucionarios aquellos son los caballos, amigo, también descendientes de los caballos traídos por los españoles, pero montados como gente que lo hacía todos los días, no con el acartonamiento de —pongalé— Juan Perón en “Mancha”, los vasos lustrados y ese apero, más parecido al de los fletes de estatuas, quietos, en pose, venteando la nada, que a los briosos mejicanos, amansados para la batalla, no para el desfile o la fotito para los compañeros.
La desconfianza y la rivalidad entre Villa y Carranza pronto llevaron a una ruptura, y Villa se vio obligado a huir con Emiliano Zapata en diciembre del 14. Carranza los hizo sonar en una serie de batallas, y él y Zapata huyeron. a las montañas. Para demostrar que Carranza no controlaba el norte de México Villa ejecutó a 17 norteamericanos en Santa Isabel, Chihuahua, en enero de 1916 y dos meses después atacó Columbus, Nuevo Méjico, y mató a otros 17, por las dudas.
Woodrow Wilson, el presidente gringo, envió una expedición al mando del general John Joseph Pershing. Pero resultó imposible capturarlo por la popularidad de Villa y su conocimiento del terreno, y también por el disgusto del gobierno mejicano enojado por las andanzas de Pershing en su patria.
Villa siguió sus actividades guerrilleras mientras Carranza estaba en el poder. Después del derrocamiento de Carranza en 1920, a Villa se le concedió un perdón y un rancho cerca de Parral (ahora Hidalgo del Parral), Chihuahua, a cambio de retirarse de la política. Tres años más tarde fue muerto a tiros cuando volvía a su casa en auto, después de una visita a Parral.
Desde la humildad de la computadora, atado a las 27 letras del teclado, a veces dan ganas de visitar Méjico, no el de Cancún, Acapulco, Quintana Roo, sino el otro, el de todos los días, el de los bares de mala muerte, las cantinas sin turistas, con mejicanos de a pie, que uno imagina tan parecidos, tan sufridamente distintos.
Esa nostalgia de lo que no se ha conocido debiera tener un nombre. Uno de estos días quisiera viajar a ese pago lindo. Sólo espero tener fuerzas para volver a Santiago y no quedarme para siempre.
¿Por qué?
Porque es Méjico güey.
Chinga su madre.
©Juan Manuel Aragón
A 26 de noviembre del 2023, en Salta prolongación. Descargando verduras

Comentarios

  1. Ya estamos cerca de Méjico, gracias a la televisión. Los locutores llaman "balacera" a los tiroteos de cada día.

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