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CUENTO Hortensia

Imagen de ilustración

Después de tres días de luvia en el campo, de tanto comer gallinas creíamos que nos iban a salir plumas y alas


Martín mostraba cómo trenzar un cuero. Llovía a cántaros sobre aquel pago, al que tantos años fui de felices vacaciones, a orillas de un saladillo cruel, poblado de churquis, jume, palo azul, suris y algunas islas de monte cortando el horizonte. Las gallinas andaban ateridas de frío bajo la galería, quietas, duras, como esperando que pillemos alguna para tener al menos el calor del guiso.
“Primero tuerces éste, luego este otro, después das vuelta así, vuelves a pasar por aquí, de nuevo una vuelta y empiezas de nuevo. Siempre debes tener los tientos ajustados, pero no tanto, para que la obra te salga prolija”, explicaba Martín, mientras movía hábilmente sus manos para el trenzado de cuatro. Lo miraba sólo para pasar el aburrimiento, porque a esa altura de la vida, mire si iba a atender cómo se hacen obras, como llaman en el pago a los trabajos con cueros. Se aprende de chico y por necesidad o nunca más.
A esa hora, Hortensia, la hija de Martín terminaba de hacer un guiso en la cocina, justo enfrente de nosotros. De reojo la observaba llorosa de tanto lidiar con el fuego, que humeaba, por la leña mojada al cabo de tanto temporal.
En esos días agoté la cantera de mentiras que llevo en la mochila liviana de mi imaginación. Conté asuntos maravillosos en los que había sido protagonista, como si fuera un prócer argentino o mundial, hice adivinanzas, jugamos al tatetí. Traté de hacerle entender algunos asuntos de la ciudad que Martín no comprendía: cómo, por qué y para qué funcionan los ascensores, de qué se trata el rayo que manda la televisión y que hace que veamos el partido de Boca al mismo tiempo que en Buenos Aires, por qué cuando en la ciudad toman un café lo hacen en una taza tan chiquita, cómo funcionan —o por qué a veces no andan —los semáforos y los demás asuntos de la ciudad.
No sé si era linda Hortensia, la hija, pero luego de tres días sin salir de la casa, me parecía preciosa. Tendría unos 20 años y yo andaba por los 25 más o menos. Era morena y no tan menuda, con una sonrisa que iluminaba esos días grises, caderas generosas y una conversación que, después de los primeros momentos de timidez, era bien chispeante. Y tenía picardía en los ojos negros.
Martín también me narró historias, casi todas incluían cacerías, carreras cuadreras, chismes de cuatreros del pago y aventuras vividas en sus viajes a la cosecha de caña dulce en Tucumán, cuando iba en el carro, que ahora lucía desvencijado e inútil a la orilla de la casa. Esa vez me contó que cazaba conejos, perdices, charatas, corzuelas, liebres “y toda clase de ave”, añadió. Pero nunca supo por qué me reí tanto. Tampoco le iba a decir.
Esa tarde, en medio del agua, a duras penas pillamos una mula que había quedado en el potrero, en la que, al día siguiente me ofrecí a ir al pueblo a comprar fideo, arroz, yerba, azúcar, tabaco, velas y papel de fumar. Se habían acabado los víveres ya llevábamos matando dos gallinas y si seguíamos comiéndolas pronto nos saldrían plumas, alas, pico, y pondríamos huevos. Martín avisó que de ninguna manera permitiría que fuera yo, ensilló el animal, tempranito a la mañana, llevó unas alforjas y partió solo, en un trayecto que le llevaría, unas tres horas de ida y otras tres de vuelta. Con suerte estaría de vuelta en la casa a la siesta.
En la mañana quieta tintineaban las gotas cayendo sobre un solitario balde. Quedamos solos con Hortensia.
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Hola lectores. Soy Pilpinto Santos, el artesano del pago y el q nunca dejó te tocar mi raíz. Será por eso que conservo la tradición y los oficios del hombre de campo y algo que el escritor no contó yo aqui se los contaré . Los mejores días para trabajar con el cuero , son los días de lluvia , hay que aprovechar los temporales, una vez que se lo tiene sacao y pelao al cuero , hasta antarca en el catre se hace del cuero lo que sea y hasta juguito se le saca, como pa alimentar a los murungos.

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  2. El refrán dice " la ocasión hace al ladrón". Habia un vecino aquí que le decian Ladrón de amor. Por las dudas no coincidiamos ni por generacion ni por amistad así que nunca pude averiguar ese mote

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  3. Lo mejor casi nunca se narra sino que se insinúa. ¡ Vamos con Hortensias!

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