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CIENCIA Los dinosaurios eran azules

Dinosaurio azul

Una teoría no comprobada dice que los animales antediluvianos se extinguieron por el color de su cuero: creer o reventar

Los dinosaurios se extinguieron porque eran azules. En realidad, se fueron poniendo azules de a poco, primero los más grandes, luego los medianos y al final los más pequeños. Al volverse de un color tan llamativo en la naturaleza, sus depredadores los hallaban fácilmente para comérselos. Un extraño fenómeno todavía no suficientemente estudiado, los volvía repentinamente del color del cielo.
Es probable que muchos se murieran también por el desconcierto de verse vestidos de un color tan extraño. La cuestión es que los dinosaurios se fueron pintando de azul y uno a uno fueron sucumbiendo ante sus propios enemigos. Quedaron en pie los cocodrilos, con una piel tan dura que siguió siendo del mismo color, además de las tortugas, las hormigas, las cucarachas y las iguanas.
No es verdad eso de que, un meteorito al caer al sur de Estados Unidos creara el golfo de México y las islas del Caribe. Eso no ocurrió, eso no pasó, no sucedió. Primero porque no se hallaron restos del supuesto meteorito en los alrededores ni en el propio mar en que se dice que cayó y segundo porque si pegó tan fuerte, debió haber desviado de su trayectoria a la Tierra, con lo cual hoy estaría vagando en el espacio exterior y no fijada en su propia trayectoria.
De un día para el otro, especies completas de dinosaurios de distintas clases, se tornaban azules, algunos incluso llegaron a tener ojos claros, dientes, lenguas, picos y pezuñas también de ese color. Indefensos ante los demás animales que les perdían el miedo, al verlos tan ridículos, tenían que sucumbir, víctimas de esta inaudita mutación que les propinaba la naturaleza. Hay quienes estudian todavía qué fue lo que pudo haber causado esta anomalía, que rompió toda noción de continuidad en el desarrollo de las especies sobre la faz de la Tierra, pero, lo cierto es que no han llegado todavía a ninguna conclusión segura. Los estudios continúan, y bien podría ser que un día de estos haya una explicación plausible y el mundo sepa la verdadera razón de la muerte de los dinosaurios.
Espere, espere, ¿es cierto lo que está contando?
La verdad es que no, pero ante tantos inventos como andan dando vueltas por ahí, agregar uno más a la confusión general no será mucho problema, ¿no? Hay gente que sostiene, contra las propias evidencias de la ciencia, que una mota de polvo, golpeada durante milenios en un mar al que llaman “sopa primordial”, se convirtió en un ser vivo, ¿por qué no puede alguien idear los dinosaurios azules, diga?
El darwinismo, por llamarlo de alguna manera, es el intento de explicar los grandes misterios de la naturaleza, prescindiendo de eso que los creyentes llaman Dios. Es una teoría que expresamente lo excluye, lo saca afuera, chau, nada de creación divina, para él todo está más que esclarecido. Pero algunos siguen sosteniendo que, en algún momento de la evolución de la ameba para ser un pez, intervino Dios, le puso inteligencia y lo hizo hombre.
Oiga, los darwinistas tienen cerrado el cupo, no caben adentro los creacionistas. Todas sus pruebas están asentadas en la falsa premisa de que los organismos evolucionan hacia instancias superiores. A pesar de que las evidencias en contra están a la vista, insisten, dale y dale, tienen museos grandes como catedrales, solamente para desmentir la idea de que Dios creó la Tierra. Pero sobre ellos, vienen los creyentes y le agregan un Dios en cualquier parte del menjunje, infundiendo inteligencia a un simio, y convirtiéndolo en un mono sabio, que vendrían a ser los hombres, el homo erectus.
Por eso, amigo, repita con esta página, los dinosaurios se extinguieron cuando se volvieron azules. El color restallante los volvía apetecibles para las otras especies, que entonces agarraban y los almorzaban. ¿Le parece ridículo? Puede ser, pero es una teoría tan plausible como cualquier otra, más bonita y hasta tiene su poesía intrínseca.
Juan Manuel Aragón
A 30 de noviembre del 2024, en Tasigasta. Cruzando chotamente el río, pero por por el puente.
Ramírez de Velasco®

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