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FESTEJOS La amistad norteamericana

Marc Stanley y su esposa Wendy

Con la complicidad del periodismo local, hubo una celebración en la embajada de los Estados Unidos que mostró una situación alejada de la verdad


Periodistas de ambos lados de la grieta con que intentan dividir a los argentinos, han señalado que el embajador norteamericano Marc Stanley, presidió los festejos por los 200 años de amistad entre los Estados Unidos y la Argentina. Fue en un ágape en el Palacio Bosch y hubo, según dijeron, una colorida celebración por el aniversario 247 de la independencia norteamericana.
Bueno, amigos, en realidad la noticia es que no existe una amistad entre los Estados Unidos y la Argentina. No señor, podrá haber intereses comunes, convergencia de negocios, complementación científica, mandatarios palmeándose la espalda, “relaciones carnales”, lo que quiera. Pero amistad no hubo, no hay, no habrá jamás. Y no porque los argentinos se nieguen a ser amigos, todo lo contrario, este es un pueblo que, si algo bueno tiene, es un concepto muy alto de ese sentimiento, definido por el diccionario como: “Relación de afecto, simpatía y confianza que se establece entre personas que no son familia”.
Los norteamericanos no quisieron honrar la amistad que tenían con los argentinos, justamente cuando más los necesitamos, durante la Guerra de las Malvinas, en 1982, al no cumplir con el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca.
En la primera parte del artículo 3, ese tratado dice: “Las Altas Partes Contratantes convienen n que un ataque armado por parte de cualquier Estado contra un Estado Americano, será considerado como un ataque contra todos los Estados Americanos, y en consecuencia, cada una de dichas Partes Contratantes se compromete a ayudar a hacer frente al ataque, en ejercicio del derecho inmanente de legítima defensa individual o colectiva que reconoce el Artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas”.
Justo cuando debían poner en práctica lo que habían firmado con la mano, las autoridades norteamericanas, borraron su rúbrica con el codo y dieron una gran mano a los británicos. Ahora se sabe que, si bien el resultado de aquella guerra fue rápido y contundente, también fue ajustado: sin la ayuda norteamericana, quizás los buques británicos se volvían a la Isla de Ascensión o directamente desistían de seguir usurpando ilegal e ilegítimamente esa tierra que sigue siendo nuestra.
Después se dijo que, si la flota inglesa era derrotada, estaba en sus planes tirar una bomba atómica, posiblemente sobre Buenos Aires o Córdoba. Es cierto que tienen la bomba atómica y están dispuestos a liquidar a cualquiera de los pueblos a los que consideran inferiores con tal de mantener su preeminencia mundial. Pero si Estados Unidos honraba su firma iba a ser muy difícil que los ingleses se animaran a una atrocidad tal. Era 1982, caramba, ya se sabía de lo que era capaz un ataque atómico y la opinión pública mundial no iba a tolerar que ni esas ni otras autoridades inglesas intentaran siquiera justificar esa salvajada.
Lo de la bomba atómica fue una pobre excusa que hallaron quienes se pusieron contra la guerra, luego de que se perdió, para justificar su pacifismo. En esa línea, Carlos Alberto García, alias Charly, compuso una canción “No bombardeen Buenos Aires” que, bien oída es un himno a la cobardía colectiva.
Pero son detalles. Lo sustancial, el hecho cierto y comprobado es que Estados Unidos se comportó como un enemigo de la Argentina justo en el momento que más necesitábamos de su ayuda o, al menos, su prescindencia. Que ahora celebre en nuestra perra cara el día de la amistad entre ambos, es una afrenta por la que, como mínimo, el gobierno nacional debería llamar al embajador argentino para consultas.
Cuando invadió Granada, un año y pico después de Malvinas, Estados Unidos también violó el tratado, en esa ocasión con la pobre excusa de que había unos estudiantes de medicina norteamericanos en ese país y su vida corría peligro. Fue gracioso, porque a instancias del propio Estados Unidos, la Organización de Estados del Caribe Oriental le pidió ayuda para solucionar problemas internos de aquella pequeña isla para solucionar sus problemas de inestabilidad política.
En este caso el gobierno de los Estados Unidos, por medio de su embajador en la Argentina, afrenta al país y nadie dice nada. A todos les parece regio, sobre todo a los diarios que no se privan de incentivar una estúpida grieta en el pensamiento de los argentinos, reduciéndolo a dos extremos, dejando de lado la riquísima variedad de ideas que circulan en estos pagos. Y sucede algo grave, como esta ofensa, y la toman como un hecho simpático.
Por más que al país le asistan todas las razones del mundo, en una disputa con otro, con mayoría de población anglosajona, los norteamericanos nunca le darán la razón a la Argentina. Todo —pero todo, todo, todo— lo que firman para ayudar a los pueblos, conducirlos a la democracia, a los valores de la libertad y coso, será inmediatamente borrado con el codo si los demás países firmantes tienen una población con la piel de un color distinto al suyo y sus intereses fueron, aunque sea levemente, puestos en cuestión.
Más de mil argentinos asistieron a la recepción del embajador yanqui, dando la razón, de paso, a quienes sostienen que el colonialismo y el sometimiento no son una imposición de países fuertes sino simple estultez de los débiles. El representante norteamericano se carcajeó frente a todos los argentinos sabiendo que nadie le haría frente.
El nacionalismo, cuando existía como noción política, enseñaba que era preferible que no nos den ninguna mano con el Fondo Monetario Internacional ni con nadie, con tal de conservar intacto el orgullo de la patria. Pero desde hace unos cien años y la yapa, corren otros vientos en la Argentina.
Así nos está yendo también, ¿no?
©Juan Manuel Aragón

Comentarios

  1. Cristian Ramón Verduc1 de julio de 2023 a las 8:23

    Es bueno leer a quien dice las cosas tal como son, o por lo menos como muchos las vemos y, si queremos decir algo, los "grieteros" nos tapan con sus balidos, sin ofender a ya saben quiénes.

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