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UTOPÍA El Fruto

Chica con manzana

Una viejísima narración, contada otra vez, casi con las mismas palabras, solamente porque el público se renueva


Cuando pasaba la lluvia buscábamos caracolitos que el mar traía a la playa, mientras observábamos la costa del continente, que se alzaba a lo lejos. Nunca habíamos intentado cruzar lo que llamábamos el Canal. Creíamos que era miedo de hallar algo hermoso del otro lado, después de lo cual no querríamos regresar más.
Vivíamos bien, cada uno en su choza, con su mujer, sus hijos, sus gallinas, sus patos, sus cerdos, sus vacas, los utensilios de labranza, el sembrado. Si llovía juntábamos agua en unos tachos para bañarnos cada uno en su casa, pero si no llovía íbamos al arroyo a bañarnos desnudos, todos juntos, en familia, grandes y chicos y chapotéabamos y jugábamos tirándonos agua.
A veces venía de visita El Que Tiene Un Nombre Que No Estamos Autorizados A Pronunciar, conversaba un rato con nosotros y lo hacíamos reir con nuestras ocurrencias. Estaba contento, decía que nos amaba más que a los peces que nadan en el río o en mar, más que a las estrellas, más que a las hormigas, más que a las arañas, más que a las montañas azules allá lejos, más que los burros que montábamos para ir de un lado al otro, más que las varonas que nos había dado, porque según había dicho, no era bueno que anduviéramos solos.
Yo no le dije nada, pero en los últimos tiempos, mi varona me avisaba que mucho más no podríamos quedarnos en ese lugar. Los niños iban van a crecer y querrían vivir otras experiencias, caminar días enteros sin hallar el borde de un acantilado o una playa al final del camino, como aquí. “Ellos quieren comprobar por sí mismos que el mundo es redondo”, me decía. Yo sabía que no era verdad, los hijos no pedían nada, andaban en sus cosas, en sus juegos, viviendo la primera niñez de la humanidad. 
Pero ella me molestaba todo el día con sus juegos de palabras cuando me despertaba, al lavarme la cara, cuando desayunaba, si iba a ver el sembrado, a la hora de ordeñar las vacas, si estaba carneando un cabrito para el almuerzo, si miraba el atardecer, ella estaba ahí, todo el día, dale que dale, insistiendo.
Hasta que una tarde, mientras mirábamos jugar a los niños, me dijo que con las varonas de los otros hombres habían construido una balsa y mientras nosotros dormíamos, la otra noche habían cruzado al otro lado del canal. Contó que era hermoso, allá había plantas, pájaros y una tierra que nunca habíamos visto de este lado y que no veríamos jamás si nos quedábamos quietos, sin progresar, estancados, siempre en lo mismo, hundidos en la mediocre chatura de una felicidad que era falsa.
Me apuró con que era esa noche debíamos embarcarnos antes de que Volviera El Que Tiene Un Nombre Que No Estamos Autorizados A Pronunciar. Le recordé que nos había prohibido salir. “¿Para qué quieren otro lugar si aquí están bien, tienen todo lo que necesitan, no les falta nada?”, nos había preguntado una vez. Cómo será que le hallamos la razón que los hombres nunca volvimos a pensar en eso, nos olvidamos. Pero parece que las mujeres sí.
Cuando le dije que era imposible ir, porque debíamos romperl la promesa, la varona lloró. Dijo que ya no tenía amor para entregarle (no sé qué es “amor”, mientras yo nombro cosas, la tierra, la casa, el perro, el arado, la sombra, la nube, ella sólo se nombra a sí misma). Cuando terminó de lagrimear le dije que iríamos esa misma noche, así me dejaba de molestar. Me señaló que allá estaríamos bien. “Vamos a aprovechar, porque estaremos lejos y nadie nos verá, para comer el Fruto del Árbol Prohibido”, se entusiasmó. Me asusté, pero ya estaba muy cansado como para seguir discutiendo y le aseguré que sí, pero sólo para que se callase un rato. “Comemos el Fruto del Árbol Prohibido y nos volvemos, porque vamos sólo por un ratito, ¿eh?”, le advertí.
Ella sonrió, nunca la vi tan feliz como esa vez.
Juan Manuel Aragón
A 25 de abril del 2024, en Tiun Puncu. Cazando vizcachas para escabeche.
©Ramírez de Velasco

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